sábado, 25 de septiembre de 2010

Martín visto por ojos mexicanos - Segunda Parte

La exterioridad de la interioridad
Por Lilia Rebeca Torres

El rostro de Martín además de hermoso, es sumamente expresivo, sus reacciones son muy claras, respondiendo a la interpelación de las miradas con el movimiento tenue de sus ojos, ora en la convergencia, ora en la desviación, produciéndose un ritmo particular de interacción con quienes lo rodean: cuando así lo desea produce una respuesta inmediata y cuando así lo decide, difiere su reacción mostrando que se toma su tiempo para pensar.

Martín habla a través de su cuerpo a partir de la sucesión de tensiones y distensiones. De hecho, es a partir del relajamiento muscular que Martín expresa su aceptación, su agrado por las personas, por las situaciones, por los conocidos o nuevos sabores, por el disfrute de la música, por el aire fresco de la mañana o por la cercanía de Baruc.

Por el contrario, la tensión en el cuerpo de Martín, puede ser señal de expectación, de desconfianza, de desagrado, de inconformidad, de sensaciones extremas de frío o de calor; Martín puede tensionarse ante la irrupción de un ruido inesperado y puede relajarse ante el susurro cariñoso de quien realmente lo ama; lo que quiere decir que Martín distingue muy bien entre la sinceridad y la hipocresía, actuando en consecuencia.

Martín se encuentra en pleno desarrollo de su aparato fonador: en primer lugar Martín emite una diversidad de tonos cuyo horizonte de significación va de la aceptación a la negación, pasando por la broma, el reclamo, la solicitud, la risa, el llanto, el dolor físico, etcétera; y, en segundo lugar, el desarrollo de los músculos de su boca le permiten ya realizar distintas posiciones que derivan en fonemas sordos como la “b” o en fonemas sonoros como la “p”… 

Dicho de manera más simple: Martín ha empezado a balbucear; dichas intervenciones de balbuceo se producen en momentos donde la interacción de la familia es claramente conversacional, lo que quiere decir que Martín participa, al igual que todos quienes le rodean, de un intercambio de significaciones. Sus padres, su hermano, las visitas y desde luego doña María y Angelita, siempre lo toman en cuenta cuando Martín realiza todo tipo de ex - presiones, es decir, cuando –como todos lo hacemos– Martín se manifiesta con una intervención que proviene de su interioridad, una emisión que pone de manifiesto sus inquietudes ya sean de llamamiento, de conformidad, de negación o de una particular forma descriptiva del gozo. Martín recibe un beso e ilumina su rostro con una maravillosa sonrisa.

La experiencia del sentido en la proximidad

Uno de los mejores regalos que me ha dado la vida ha sido tener la oportunidad de estrechar a Martín entre mis brazos y establecer con él un círculo íntimo de comunicación. En nuestro primer contacto Martín estaba rígido, yo por mi parte me dejé llevar por mis sentimientos y mis emociones; en voz muy baja, para que sólo él me escuchara, le mencioné lo importante que era para mi conocerlo, le dije que pocas veces uno puede darse un abrazo con un ángel. Con mucho cuidado acaricié su mano y comencé a abrirle el puño para, una vez con su manita extendida, llevársela a mi corazón y luego a mi garganta mientras continuaba hablándole. Dicha proximidad hizo que paulatinamente Martín se relajara, incluso que él mismo acomodara su cabeza contra mi pecho y buscara con su frente la oquedad de mi cuello.

Tengo una hija que nació 15 días antes que Martín, cuando su madre y yo estábamos embarazadas hacíamos la broma de que habíamos concebido con 15 minutos de diferencia, así que con todo derecho, tomé prestada la tonadilla que inventé para arrullar a Dunia y comencé a cantársela; antes de concluir, Martín cantaba conmigo y de ahí en adelante me cantó muchas veces. No fui yo quien llevó la batuta en nuestras múltiples interacciones, fue Martín quien dictó el ritmo del encuentro a lo largo de los días en que estuve de visita en Bogotá: caricias, cosquillas, besitos, miradas; palabras y balbuceos surgieron de la experiencia de comunión, es decir de la unión significativa, biunívoca, recíproca que se produce entre dos seres en un aquí y ahora trascendental.

Entre nosotros brotó la confianza, tanto fue así que en un momento dado Martín no estuvo de acuerdo con la producción de ciertas fotografías que queríamos más que como recuerdos, para traerlas al blog: simplemente no permitió que nos fotografiaran, su rostro, los sonidos que brotaban de su pecho denotaban irritación y su mirada enojo. Sin lugar a dudas Martín tenía razón, marcando la diferencia entre los sentimientos que emanan de la espontaneidad y la construcción artificial de una relación para ser mostrada. 

Rato largo Martín estuvo enojado conmigo, hasta que pudo darse el momento en el que a solas hablé con él y le pedí perdón, prometiéndole que jamás intervendría en nada en contra de su voluntad. Algo que cumpliré cabalmente porque además de cariño, atenciones, cuidados, Martín merece ser tratado con toda la consideración y todo el respeto. Martín dejó de estar pensativo, me dedicó una furtiva mirada y nuevamente se recargó contra mi; hice un pacto con él, el más desinteresado y solidario de los pactos: el pacto de la amistad.

1 comentario:

  1. Muy linda esta mirada de Lilia Rebeca amiga, me encantó que reconociera a Martín como un ángel y que es un privilegio estar cerca de él. Besos a todos.

    ResponderEliminar

Te invito a escribir tus comentarios a continuación. ¡Gracias por participar!