martes, 28 de septiembre de 2010

Martín visto por ojos mexicanos - Tercera Parte

Hércules como símil de la identidad: de la atribución colectiva a la creación autónoma del sí mismo

Por Lilia Rebeca Torres

Bajo la cuenca de los ojos, en la zona superior de sus mejillas, Martín está lleno de estrellas: son sus pecas. En una de nuestras conversaciones sus pecas me inspiraron para recordar que cuando Hera amamantaba a Hércules fue mordida por ese bebé de fuerza descomunal, regándose la leche que de acuerdo con la mitología, es la vía láctea: esa extraordinaria formación de infinidad de estrellas, como las pecas de Martín quien heredó la fuerza no de Zeus, sino de Juan y de Carolina.

Los trabajos, los retos de Martín se han venido cumpliendo día a día; alcanzar una meta significa estar listo para la siguiente. No siempre a su lado ha habido facilitadores, desde algunos especialistas hasta ciertos familiares o amigos de sus padres, hemos a veces preferido cerrar los ojos y no ver que lo que los niños como Martín necesitan de inicio es que cambiemos nuestros modos de pensar, que recuperemos la capacidad de asombro, que confiemos además de en la ciencia –sí cada vez más evolucionada–, en Dios que a su vez nos señala, en este caso y de múltiples maneras: Confiad en Martín, en su naturaleza.

Al igual que Hércules –un semidios– Martín –un niño con parálisis cerebral– nos revela la condición humana: enfrentar la realidad y transformarla en otra cosa, asumir la vida como una trayectoria de experiencias a veces felices y otras poco gratas, pero siempre nuevas y enriquecedoras. Lo humano es cambiar, lo humano es simultáneamente llegar a ser algo y seguir cambiando, dejar de ser eso para devenir en otra cosa. Toda identidad es móvil. Ni el designio de los dioses ni un accidente neuronal son necesariamente determinantes de nada cuando lo que se impone es luchar, para lograr una identidad construida desde uno mismo, en respuesta a la designación de los demás… y Martín es un guerrero que de batalla en batalla proclama una serie de respuestas dentro de  lo esperado, pero sobre todo dentro de lo  inesperado.

Lo que queda más a la vista de todos quienes participan en nuestra vida atribuyéndonos identidad es nuestro cuerpo, nuestro cuerpo es la entidad con la que ocupamos un lugar en el mundo, es la objetivación de un nombre, es la materia con la que actuamos en el mundo; pero también es el lugar donde el mundo se percibe a través de nuestros sentidos y otras facultades cognitivas, que en el caso de Martín se encuentran en un desarrollo diferencial con respecto no sólo a otros niños de su edad, sino también a otros niños con problemáticas semejantes, pero al igual que todos, Martín recibe un trato y devuelve un acto.

La pregunta que se impone es si la sociedad –no sus padres, ni aquellos que han asumido el compromiso de sus cuidados– es sensible a casos como Martín, si somos capaces de dar paso y lugar a la valoración de toda su sensibilidad, de toda su expresividad; si alguna vez dejaremos de designarlos a partir de sus dificultades, si cesaremos de producir tanto ruido en torno a las discapacidades que inhiben nuestra escucha, para por fin entender que todo el tiempo estos niños maravillosos nos susurran lo que pueden ser, lo que quieren ser y que, gracias a ese maravilloso desplazamiento diferencial del sentido entre los verbos ser y estar, están siendo autónomamente ellos mismos.

Ciudad de México, 20 de septiembre, 2010.

2 comentarios:

  1. Que hermoso relato Caro...cuanto amor y que bien escrito!!!

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  2. Lili, mi amiga que escribió este texto, es una mujer maravillosa y una académica brillante. Ojalá algún día la podás conocer, ustedes dos tienen mucho en común.

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