lunes, 17 de octubre de 2011

Nuestra responsabilidad

Yo era una niña de seis o siete años, a lo sumo, y me encantaba ir de visita a esa casa inmensa, de grandes patios e innumerables matas. La casa pertenecía a una familia muy cercana a mis bisabuelos, eran compadres y amigos de paseos, celebraciones especiales y tragos. Y hago énfasis en esto porque es importante: eran muy cercanos a nosotros. 

Yo jugaba feliz en los patios de esta inmensa casa cuando íbamos de visita. Un día cualquiera, sin que me notaran, llegué hasta la última habitación de la casa, la que quedaba al final del pasillo, detrás de la cocina, a donde nadie llega por casualidad. Vi la puerta entreabierta y, con la curiosidad de una niña, la abrí. La imagen que vi nunca la olvidé, pero sólo hasta que nació Martín la comprendí: la habitación estaba en penumbras, olía mal y era difícil ver qué había adentro. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, pude reconocer a una persona acostada en la cama, nunca supe si era niño o niña, sus manos y piernas estaban torcidas, su mirada perdida, sus dientes muy salidos y era muy delgada. Me impresionó, pero me sorprendió más verla tan sola y abandonada. Sentí lástima y miedo, si lo escondían era porque algo malo debía tener, pensé yo. Ahora sé que era una persona con parálisis cerebral.

Hace poco le pregunté a mis familiares sobre esta persona (mis bisabuelos ya fallecieron) y ¡Oh sorpresa! La mayoría no sabía de su existencia. Sólo unos pocos conocían de él (era hombre y ya falleció), pero nunca lo vieron. Como les conté al principio de este relato, eran una familia muy cercana a la nuestra y, sin embargo, nunca nos enteramos de que tenían un hijo con parálisis cerebral porque siempre lo escondieron. Él no hacía parte de las reuniones familiares ni de los paseos, ni siquiera era mencionado.

¿Por qué lo hicieron? Por ignorancia, por vergüenza, por temor a la censura social, por temor al ridículo, por temor a ser señalados... Es imposible juzgarlos, pero igualmente me cuesta entenderlos. Sin embargo, lo que quiero analizar en este Post son los sentimientos que tuve a los seis años de edad: sentí miedo y lástima. El mensaje que recibí fue que a las personas diferentes o con alguna discapacidad hay que esconderlas porque son motivo de vergüenza. Y estos pensamientos y sentimientos vinieron a mí por la forma como los adultos asumieron la situación, por el trato que decidieron darle. 

¿Es claro el mensaje? Somos nosotros los adultos los que, con nuestras decisiones, les damos pautas a los niños para que piensen y sientan de una forma determinada. Si nos asustamos frente a la diferencia y la escondemos, los niños aprenderán a sentirse incómodos, aprenderán a sentir lástima, aprenderán a que estamos obligados a ser "iguales" porque de lo contrario te señalarán o esconderán. No podemos ignorar la responsabilidad que tenemos: Educar a niños que asuman la diferencia desde el re-conocimiento, el respeto y la aceptación. Tomar decisiones que den cuenta de este compromiso y demostrar con nuestras acciones, en todo momento, que la diversidad es la protagonista de nuestras vidas. 

2 comentarios:

  1. Precioso y preciso post!!! Tienes mucha razón... nuestros niños aprenden más de lo que hacemos que de lo que decimos.

    Esa escena que viste ese día, finalmente te marcó positivamente. Por eso y por otras razones, puedes reflexionar como lo haces hoy.

    Un gran abrazo!!!!

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  2. Lo grave es cuando no hacemos lo que decimos ;) Pero por eso mismo es bueno conscientizarnos de la responsabilidad que tenemos en manos. Otro abrazo para vos Natalia.

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