viernes, 24 de febrero de 2012

Un Deseo...

Sí, uno desea una infinidad de situaciones o materializaciones y creo que ningún ser humano se salva (menos mal) de tener sueños y aspiraciones. Pero hablemos de los deseos pequeños, no tan ambiciosos, de los que uno desea por el simple hecho de quitarse equipaje de encima.

Mi deseo, desde hace varios meses, es no volver a sentir culpa por nada ni por nadie. Así de simple, quitarme la culpa de encima como quien se cambia de ropa. Y es que estoy cansada de ese sentimiento que lo único que me genera es depresión, ansiedad y una inmensa frustración.

Conocí a Isabel, Marcela, María Lulú, otra Isabel y Lina; cinco maravillosas mamás de niños con y sin discapacidad, simplemente mamás, que al escucharme esbozaron una amplia sonrisa y me dijeron: "Todas hemos pasado por ahí" Y es que desde que llegué a Cali me siento física y emocionalmente impedida para continuar con las terapias de Martín. Ni ABR, ni terapia ocupacional, ni estimulación cognitiva o fonoaudiología, ni hidroterapia... Nada, simplemente no quiero saber de ninguna.

Y no porque me caigan mal (Amo ABR y eso ustedes lo saben), sino porque Martín y yo llevamos seis años y medio haciendo terapias sin descanso; lo máximo que habíamos parado eran 15 días. Llegar a Cali significó también reconocer que necesitábamos un alto en el camino, pero esa parada obligada la he hecho con culpa y así no se vale.

Culpa por volver a trabajar, por no tener tiempo, ni fuerzas, ni ganas para hacer terapia... Por eso les digo que deseo quitarme la culpa de encima. Estas maravillosas mamás me confesaron que ellas habían pasado por el mismo bache, que habían sentido lo mismo y que se dieron la posibilidad de vivirlo, la oportunidad de darse tiempo para pensar, reflexionar, para recuperar sus espacios, sus actividades y su vida. No es que la rehabilitación de mi hijo pase a un segundo plano, pero sí necesito recuperarME y eso es un trabajo que no se hace en seis meses (¡Ya quisiera yo!).

Además, porque ando en la búsqueda de un espacio escolarizado para Martín y bien saben ustedes lo absurdamente difícil que es esto. Les confieso que es un momento complejo, a veces me siento vulnerable y especialmente desequilibrada, pues hay demasiada incertidumbre alrededor de Martín y eso no me hace sentir bien. Pero por otro lado, es un espacio que ambos necesitábamos: él se ve feliz y yo estoy descubriendo qué es lo que quiero a mis 34 años.

He andado perdida últimamente, pero siempre los pienso y extraño leer sus comentarios. Ya les contaré cuando haya novedades, por ahora ando con mis antenas bien paradas para encontrar el camino. La culpa, bueno, esa cada vez aparece menos y cuando la veo, me pongo a cantar, ¡no hay quien soporte semejante desatino!

viernes, 17 de febrero de 2012

Un Blog Recomendadísimo...

Fue extraño. Lo vi por primera vez en octubre del 2009 en nuestro Primer Entrenamiento de ABR en Rosario (Argentina) y al hablar con él sentí que lo conocía de toda la vida. Me inspiró confianza, por eso entró al grupo de los "terapeutas de Martín", pero con el tiempo también nos hicimos buenos amigos. Nos separa medio continente y, sin embargo, al chatear siento que lo tengo a la vuelta de la esquina.

Su nombre es Richard Paletta y hasta hace muy poco hizo parte de los entrenadores de ABR. Cumplió su ciclo en este equipo y ahora le apuesta a la Rehabilitación Estructural Biotensegral. Los invito a visitar su Blog:

De hecho, el último post se titula Bótox: un riesgo para la parálisis cerebral, un tema supremamente controversial y del que me encantaría se enteraran en profundidad, especialmente los padres de niños con discapacidad que apenas inician este camino.

Ya saben, los invito a leer este Blog, a seguirlo y a participar. Estoy segura de que encontrarán información relevante para la rehabilitación de sus hijos.

sábado, 11 de febrero de 2012

Isa, la amiga de Martín

Son caleñas y sin embargo las conocí en Fort Lauderdale, en nuestro tercer entrenamiento de ABR. Isabella es una maravillosa niña de siete años de edad y Martha es su mamá. Nuestras historias de vida son muy semejantes, será por eso que cada vez que hablo con Martha me siento contenida, identificada y comprendida. ¡Gracias Isa y Martha por la tarde tan entretenida que nos regalaron! Ojalá la repitamos muy pronto.

domingo, 5 de febrero de 2012

Bogotá, 2600 metros más cerca de las estrellas - Cali, la sucursal del cielo

Bogotá huele a dulce, un olor que te congela por dentro y duele. Cali huele a verde, a campo, un olor caliente que te sofoca y te hace sudar. Y en medio estoy yo: mi experiencia en ambas ciudades ha sido alucinante. No puedo afirmar que una es mejor vividero que la otra; son diferentes y en esas diferencias (bien lo sabemos las madres de niños con discapacidad) cabe un mundo entero. 

Bogotá fue el lugar ideal para el momento de vida que estaba experimentando: fue la cómplice perfecta para aislarme en mi dolor por Martín y revolcarme en mi culpa. Toqué fondo en esta ciudad y lo hice de la única forma que lo sé hacer: sola e intensamente. Aunque este dolor no tenía un referente posible en mi vida, simplemente fue lo más desgarrador que había sentido. 

La soledad de Bogotá me permitió vivir mi duelo en plenitud, sin escatimar lágrimas. Ahora sé que gracias a esos dos años de oscuridad, puedo afirmar categóricamente sin miedo a equivocarme, sin asomo de dolor y sin que se me quiebre la voz, que Martín es perfecto tal y como él es. En Bogotá también empecé a reconstruirme, a recoger los pedazos, a tratar de comprender en qué me había transformado. Y nuevamente la soledad fue clave para hacerlo bien, sin presiones y a mi ritmo. 

Cali llegó en el momento preciso: cuando ya podía abrirme a la vida, a la familia, a los amigos; cuando ya la discapacidad de Martín no dolía ni incomodaba; cuando ya la culpa no me señalaba a diario; cuando me era posible disfrutar, agradecer y no dar nada por sentado. Ahora tienen sentido las palabras que alguna vez escuché: "Dios no nos da lo que pedimos, sino lo que necesitamos para convertirnos en mejores seres humanos".

Cali llegó cuando tenía que llegar, ni antes ni después, y todo se ha dado de la mejor manera posible: fluyendo sin presiones y enseñándome, una vez más, que soltar en vez de controlar será siempre la mejor forma de vivir.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Siete años

Martín y su papá.
Son tan sólo siete años y a mí me parecen una vida entera. Será porque mi existencia ahora es radicalmente distinta y se me hace demasiada lejana la época en que era de otra forma. Hoy, 1 de febrero, Martín cumple siete años de edad. 

Lo miro y lo primero que siento es una inmensa admiración por mi hijo: es un valiente que desafió a la muerte; es un guerrero que nos ha dado lecciones de vida a todos los que lo acompañamos; es un ser excepcional que sólo sabe dar amor y sonreír. Lo amo y lo admiro profundamente. 

Esta mañana le cantamos el Feliz Cumpleaños y no paró de sonreír. Siete años y al mirarlo veo a un niño feliz, así que me siento más que satisfecha, las metas de su rehabilitación pasan a un segundo plano cuando lo escucho gritar de felicidad. ¡Feliz Cumpleaños mi Martín adorado! Sos un ejemplo para mí y una constante inspiración.
Martín con su papá, abuelo, tía y mamá.