Una amiga de camino, otra mamá de una preciosa niña con discapacidad, me hizo una de esas preguntas que calan los huesos: "¿Cuándo deja de doler? ¿Cuándo dejaste de llorar al hablar de Martín?" Me quedé muda. No lo sé. No sé en qué momento sucedió, pero pasó. Esta pregunta me acompañó el último mes y apenas hasta ahora logro esbozar algo parecido a una respuesta:
Me atrevo a afirmar que el dolor nunca desaparece, pero sí se transforma. Un ejemplo: acabo de darle la comida a Martín (alimentarlo es de las pocas cosas que aún me parecen difíciles en la cotidianidad de Martín) y comenzó a llorar. Sabía que era un llanto de dolor, pero nunca supe qué le dolía: las amígdalas podían ser, o el reflujo era otra opción, o se mordió y le dolió era la otra posibilidad. Sentí impotencia, dolor y frustración, pensé "Mierda, va a cumplir siete años y aún hay momentos en que no sé qué le duele a mi hijo" ¿Me hago entender?
No soy insensible frente a lo que la discapacidad de Martín no nos permite disfrutar, pero me concentro en lo que sí podemos hacer y nos hace felices; no puedo controlar la situación, pero sí mis sentimientos y mi actitud frente a la discapacidad de mi hijo.
Mi dolor se transformó y dejó de fastidiarme cuando no me lo tomé personal, cuando dejé de pensar y sentir que la discapacidad de Martín me había pasado a mí, que había sido una agresión de la Vida o de Dios contra mi felicidad y la de mi familia, lo superé cuando logré ver lo feliz que era Martín a nuestro lado... Nos ocurrió a nosotros como le ha pasado a miles de familias más y, al igual que muchas de ellas, lo superamos. Es cierto que hemos atravesado un camino difícil, pero lleno de valiosos aprendizajes.
Estoy segura de que en algún momento mi amiga dejará de llorar al hablar de su hija, así como lo hice yo y como lo han hecho miles de mamás al comprender, desde el corazón, que no existen las condiciones ideales para la "felicidad". Existen las condiciones que tenemos y con esas hay que aprender a vivir plenas y tranquilas.