martes, 16 de abril de 2013

Agua, agua, agua...

Hace 19 meses regresamos a Cali y una de mis prioridades -después de conseguir una casa dónde vivir, organizar las terapias de Martín y elegir el jardín infantil de Miguel- fue ingresar a Miguel en clases de natación. Y fue prioridad no por razones deportivas, sino por motivos de supervivencia: Cali está rodeada por siete ríos y, por su clima cálido, ¡casi que hay una piscina en cada esquina! 

Y aunque ahora existen leyes que exigen medidas mínimas de seguridad en las piscinas de los condominios residenciales, he conocido innumerables casos de niños que terminaron con una lesión cerebral severa por semiahogamiento en piscinas. Los accidentes, accidentes son, no los podemos predecir ni anticipar, pero sí podemos darles herramientas a nuestros hijos para que estén mejor preparados para enfrentarlos.

Aprender a nadar, aparte de divertido, es muy necesario, yo lo disfruto mucho tanto con Miguel como con Martín. Bueno, tengo que aceptar que mi alma es de labrador: charco que veo, charco en el que me quiero tirar. Un par de fotos, pasándola rico con Miguel.

 


2 comentarios:

  1. Amiga que fotos tan maravillosas. Como extrano las piscinas. Aca cuesta un ojo de la cara ir a una piscina a nadar, es un lujo, y en Cali tenemos tantas opciones.... Yo tenia mi charco en pance donde no tocaba fondo, pero hay que caminar sus buenas dos horas para llegar a estos charcos, jeje. Besos a Miguel y sigan nadando y disfrutando el agua.

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    1. Amigaaaa hace pocas semanas fui con mi hermano a Pance, arriba, muy arriba, el agua helada, pero unos charcos deliciosos!!! te pensé muchoooooooooo y por allá te extrañan, besos.

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