jueves, 30 de mayo de 2013


Los viajes son un ejercicio sociológico extraordinario. Por unos pocos días me pongo, literalmente, en el lugar del otro: recorro sus caminos cotidianos, como sus alimentos, veo sus paisajes urbanos y campestres, y me imagino cómo sería vivir en ese lugar, con esas condiciones, inmersa en esa cultura.


Me parece fascinante conocer otros lugares, maravillarme con otras perspectivas del mundo, robarme -por unos segundos- esas sensaciones extrañas, respirar ese aire que no me evoca a nada conocido.


Viajar es dejar lo propio atrás y aventurarse en territorios asombrosos en los que todo es nuevo y diferente.


El viaje lo cambia a uno, de una forma casi imperceptible, pero si uno logra mantenerse en silencio el suficiente tiempo, emergerá esa fuerza innovadora que te mostrará lo mágica que puede ser la existencia.


Le tengo fe al ser humano y mientras lo escribo, reconozco que es estúpido hacerlo. Pero en mis viajes siempre descubro seres hermosos, que me acogen como si me conocieran de años y que me muestran que es posible la fraternidad por fuera de mis seres queridos.


Extraños que te alegran el día con una melodía, una sonrisa, una indicación o un buen desayuno. Me siento inmensamente bendecida por cada uno de los seres que se han atravesado en mi camino, o yo en el de ellos, y han transformado mi vida, han roto mis prejuicios y me han regalado lo más valioso que otro ser te puede dar: su punto de vista.


1 comentario:

  1. Precioso amiga!!! Que rico viajar. Sone con ustedes hace dos dias, tenian una casa en la playa en un pais diferente, y nosotros ibamos felices a visitarlos!!!!! Fue tan vivida la alegria que me desperte, jeje. Los quiero un resto!!

    ResponderEliminar

Te invito a escribir tus comentarios a continuación. ¡Gracias por participar!