jueves, 22 de agosto de 2013

miércoles, 7 de agosto de 2013


Con mi nueva psicóloga (se llama Ángela), he descubierto que la culpa no está tan desterrada de mi cotidianidad como creía. Principalmente, la culpa que siento cuando decido que Martín no nos acompaña a ciertas actividades familiares. 

La pregunta que todos se harán es ¿por qué? ¿por qué Martín no nos acompaña a todas las actividades familiares? Básicamente porque no está cómodo ni lo disfruta, pero así yo sea consciente de esta razón tan elemental, me siento culpable.

Ángela me ha ayudado a centrar la situación y a hacerme la pregunta realmente importante: ¿Martín disfruta de la actividad que vamos a hacer? Si la respuesta es no, que Martín no la disfrutará, que estará incómodo, se sentirá intranquilo y no estará feliz, pues se queda en la casa con los abuelos o con Isa (la enfermera) haciendo actividades que sí le encantan: salir a pasear en su coche, ir a la piscina, darle de comer a los patos...

Sin embargo, la presión social también incide en que se me alborote el sentimiento de culpa: los "debería" de los demás, de las otras mamás de niños con discapacidad, las demandas ajenas que a veces se lanzan tan a la ligera, pero que pueden llegar a pesar como un mundo entero sobre los hombros.

Lo más difícil de todo es luchar contra el ideal que existe en mi cabeza: ir juntos los cuatro para todo lado como una familia. Pero anteponer mis deseos o las expectativas de los demás por encima del bienestar (y comodidad) de Martín, es lo que no debe ocurrir.

Bueno, en esas ando por estos días, lidiando con los demonios propios y tratando de que los ajenos no me den la batalla. ¡Feliz semana!

jueves, 1 de agosto de 2013

Mi compañera de viaje...

- "Me la quiero arrancar de un solo tirón, como aquella pañoleta rosada que tanto odio", insistió la mujer.

- "Imposible", le recordó la anciana.

- "¿Por qué?", preguntó casi en súplica.

- "Porque a la culpa no te la arrancas de la piel. A la culpa la sacas a pasear con correa y bozal, la domesticas y le enseñas que aquí la que decide cómo y cuándo eres tú", le dijo la anciana, mientras que, de un solo tirón, la sacaba de la cama y le engarzaba la pañoleta rosada que tanto odiaba.